Una vez, en el vasto Atacama, cuando me obsesionaba el "qué había más allá del horizonte", decidí tomar un poco de comida y aventurarme en el aún, desconocido desierto. Era mediodía, el sol brillaba increíblemente sobre mi cabeza. La brisa, a esa altura, era fría, aliciente para caminar y caminar.Tomé mi cámara fotográfica y comencé a caminar de espalda a la costa, internándome en las tierras sepias.
Hay diferentes miedos.Hay quienes temen a la oscuridad.Otros, a lo desconocido.Hay quienes huyen de la soledad.Otros, del silencio.
Caminar sin rumbo fijo, solo adentrándome en lo nunca visto por mí, me daba esa sensación de muerte inminente.De que algo me pasaría.De que nadie me encontraría. Después de avanzar adentrándome en senderos silenciosos, en cavernas de doble entrada, de pasar por montículos de sal virgen y restos de lava y volcanes ignotos, comencé a darme cuenta de lo unido que estaba a esa zona, de que antaño, quizás miles de años antes, un caminante como yo sintió esa necesidad de abstraerse, de hacerse uno, de sentirse desconocido y devorado por los elementos. En convertirse en el Uno Mismo. En elevarse. En diferenciarse...en Buscar. Entonces, se comienza a escuchar cierto rumor que se multiplica en las rocas, en las capas de greda, en las grietas de la arena petrificada. Es el llamado de lo chamánico, es el canto ancestral de quienes ya descubieron la Música de las Esferas, de quienes ya se descubrieron a sí mismos en cada grano de arena, en quienes disfrutaron los sonidos sepias a su antojo, en la más vasta y absoluta soledad.
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